martes, 17 de agosto de 2010

Llegada a Luxor.

Eran las 10 de la noche cuando el avión aterrizó en el aeropuerto internacional de Luxor. Ya llevabamos cinco horas de viaje desde que iniciamos el viaje en Madrid. El día anterior, mi mujer y yo llegamos desde Moscú (pero esa es otra historia de la que hablaré otro día) y encontramos a mi cuñada y su marido en el aeropuerto de Barajas para comenzar este largo viaje a través del mar Mediterráneo con destino al país de las pirámides.

Tras aterrizar, tomamos un autobús con destino a la terminal, donde docenas de guías turísticos (con mascarillas que intentaban evitar un posible contagio de gripe A) esperaban a los ingenuos viajeros. Lo primero de todo fué rellenar un formulario para conseguir el visado egipcio y poder atravesar el control de pasajeros. Un control, en el que un desarrapado militar egipcio sellaba cada pasaporte practicamente sin mirar el documento o las caras de los viajeros. ¡Ésto es la seguridad egipcia!, pero al menos ya habíamos llegado a la tierra de las pirámides. Por cierto, la temperatura a esa hora de la noche (23:00) era alrededor de los 32 ºC.

Después de conocer a nuestro guía, llamado Ahmed, tomamos una furgoneta con dirección al mejor hotel en el que alguna vez he estado sobre el río Nilo (de hecho, el único hotel). Éste era una barcaza (una de las cientos), la motonave Amarante Isis que navega el río Nilo desde Luxor hasta Aswan, ciudad situada en el sur del país.

Dejamos nuestro equipaje en las habitaciones y llegamos a la cubierta del barco donde tuvimos el primer momento impactante del viaje: cenar sobre el río Nilo y poder bebernos una grande y fría cerveza, ¡por fín!


Pronto, más capítulos.

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